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Postal de un hombre aterrado por la amenaza narco en El Mondongo

Daniel Domínguez eligió un lugar público para contar el calvario de vivir amenazado por su lucha contra la venta de drogas - pablo busti

Por Redacción

Era la cara visible de la pelea contra la zona roja. Le dejaron una urna funeraria. “Hasta acá llegué”, dice

Daniel Domínguez está derrotado. Lo dice y se le nota en el gesto, en su frente transpirada, hasta en el tono de voz. Después de más de dos años como referente en la lucha vecinal de El Mondongo para que se erradique la venta de drogas, tiró la toalla. El punto de inflexión fue la amenaza de muerte que recibió en la puerta de su casa hace pocos días. Una urna funeraria con forma de ataúd, que sintetizó un mensaje claro y siniestro.

A las 6 de la mañana del martes 22 de agosto todavía estaba oscuro. Domínguez hizo lo de todos los días: abrió el portón de su casa para sacar el auto, su herramienta de trabajo como remisero. El pequeño objeto de madera -que se vende en funerarias para depositar cenizas- estaba justo adelante de su vista. “Primero le busqué todas las vueltas: que podía ser un mal chiste, una macumba, una brujería o alguien que se equivocó. Después me di cuenta de que era otra cosa, y puesto ahí para mí. Empecé a mirar para todos lados y a mi derecha vi a un tipo que me miraba. Cuando saqué el celular para llamar al 911, se subió a una moto negra y se fue en contramano”, recuerda el hombre en una entrevista con EL DIA.

El episodio, interpretado sin dudas como algo intimidatorio, mereció un operativo policial con peritajes incluidos. Mientras, la cabeza de Domínguez urdía todo tipo de pensamientos: “La urna era recién comprada, hacía poco le habían sacado la etiqueta con el precio. Mi calle es transitada, ¿cómo nadie la vio? Es porque la habían dejado justo antes de que saliera, una señal de que saben mis movimientos. Y la persona que estaba cerca se quedó a controlar que viera el ataúd”, considera.

La caja rectangular tenía marcas de huellas digitales, aunque se desconoce el resultado que dio la pericia. Daniel prefiere ni averiguarlo.

inflexion

Aquella advertencia fue el último punto de inflexión en su vida. Otro evento que lo marcó fue el crimen del traumatólogo Francisco Guerrero, asesinado a tiros en abril de 2015 en un robo callejero. El episodio de inseguridad marcó un antes y un después en la actividad del barrio.

Domínguez sobresalió entre la gente que se indignó y salió a la calle a protestar. Los primeros reclamos en 66 y 116 estuvieron acompañados por unas 200 personas. En el primer tramo, la movilización se mantuvo y aumentó gradualmente, hasta que se logró una convocatoria de 400 personas en su punto máximo. Había acompañamiento en las redes y las autoridades tuvieron que tomar nota. Cada una de esas veces se recordó la misma ecuación: el narcotráfico trae aparejadas distintas variantes de delincuencia.

Aquella manifestación espontánea devino en asamblea permanente. Ellos mantuvieron la constancia, pero las asistencias fueron decayendo. “A lo último éramos 20. Todo decantó a medida que se alumbró la avenida 66, se hicieron podas o pusieron policías caminantes. Pero los robos siguieron, con motochorros o con la banda de los ‘nenes’, que ahora roba negocios en el centro. Veo que lo que cambió desde que mataron a Francisco fue poco, y que la mayoría del barrio sigue igual”, evalúa el ex dirigente.

Por impulso de esa organización, se juntaron 13 mil firmas de vecinos para reclamar mejoras pero también para que se “erradique” la venta de drogas en la zona roja. “Las mejoras que tuvimos fueron trabajos municipales y operativos de la policía. En cuanto a la Comuna, planean aprobar lo que pedimos, pero en un plazo de 12 meses, no en lo inmediato. Por lo menos vemos la intención de llamar y convocar a los vecinos. Y en cuanto a la policía, la mayor intensidad de trabajo la tuvimos hace dos semanas, con tres operativos en pocos días, que fueron un éxito”, elogia Domínguez, que tuvo como última intervención destacada una audiencia con los jefes de Asuntos Internos policiales.

Después de la amenaza de muerte, Daniel Domínguez notó que si sigue en la lucha contra la venta de drogas pondría en peligro a su familia. “No vale la pena porque no tengo con qué ganar”, opina

El mecanismo que se implementó en El Mondongo para batallar contra la venta de cocaína al menudeo era el siguiente: la gente dejaba denuncias anónimas que se remitían a la Justicia, esos datos se investigaban y al final la Policía -con sus distintas dependencias- hacía los allanamientos. Las urnas instaladas en la calle funcionaron como buzones donde cualquiera podía identificar dónde y cómo se ofrece la droga. Fueron sacadas y vandalizadas más de una vez, pero igualmente sirvieron como un canal eficaz de denuncia.

A mediados de agosto hubo, a decir del retirado líder barrial, un pico alto en el trabajo policial. Personal de la comisaría Novena desbarató a la banda de “Estrella”, una travesti presuntamente involucrada en el negocio narco. Seis personas quedaron presas, con la evidencia de 400 dosis de esa droga, armas y plata. Pocos días después aparecía el mini-ataúd en la casa de Domínguez.

Desde entonces, Daniel se cuida de con quién habla y a quién ve. Bajó completamente el perfil y apunta a la discreción total. Hasta elige un lugar público para la entrevista con este medio.

Hubo dos puntos de quiebre que marcaron el derrotero de las denuncias vecinales. Uno fue el episodio de la urna funeraria, y el otro fue el ataque a balazos ocurrido en marzo a otra persona, miembro de la asamblea, que también había salido a hablar de cómo se manejaba el negocio ilegal. Desde entonces se llamó a un silencio absoluto. Estos dos casos “hirieron de muerte” a la movilización vecinal.

“te conviene no seguir”

En el medio, hubo otras amenazas veladas, pero también ambiguas: seguimientos en autos sospechosos que se iban cuando llamaban al 911 más las roturas de vidrios en casas y en vehículos de aquellos que señalaban a los lugares de venta. Daniel amaneció con la fachada de su vivienda atacada hace dos meses: la confusión con un hecho vandálico, algo usual en El Mondongo, fue automática.

El mensaje mafioso del 22 de agosto no dejó demasiado a la imaginación: “Esto te lo hicieron para que te dejes de joder. Para que veas que saben tus horarios y dónde vivís. Te conviene no hacer más nada. No podemos hacer nada para cuidarte. Aflojá”, dice Domínguez que le aconsejaron desde sectores de la Justicia. Lo interpretó como una recomendación sabia, de quien intuye el alcance que puede tener una amenaza así.

Ya sabe lo que están dispuestos a hacerle y por eso tomó su decisión. No lo dice así, pero siente que está en la trinchera con un tenedor. “No vale la pena arriesgar a mi familia por algo en lo que no tengo con qué ganar. Hasta acá llegué”.

Daniel Domínguez está derrotado. Lo dice y se le nota en el gesto, en su frente transpirada, hasta en el tono de voz. Después de más de dos años como referente en la lucha vecinal de El Mondongo para que se erradique la venta de drogas, tiró la toalla. El punto de inflexión fue la amenaza de muerte que recibió en la puerta de su casa hace pocos días. Una urna funeraria con forma de ataúd, que sintetizó un mensaje claro y siniestro.

A las 6 de la mañana del martes 22 de agosto todavía estaba oscuro. Domínguez hizo lo de todos los días: abrió el portón de su casa para sacar el auto, su herramienta de trabajo como remisero. El pequeño objeto de madera -que se vende en funerarias para depositar cenizas- estaba justo adelante de su vista. “Primero le busqué todas las vueltas: que podía ser un mal chiste, una macumba, una brujería o alguien que se equivocó. Después me di cuenta de que era otra cosa, y puesto ahí para mí. Empecé a mirar para todos lados y a mi derecha vi a un tipo que me miraba. Cuando saqué el celular para llamar al 911, se subió a una moto negra y se fue en contramano”, recuerda el hombre en una entrevista con EL DIA.

El episodio, interpretado sin dudas como algo intimidatorio, mereció un operativo policial con peritajes incluidos. Mientras, la cabeza de Domínguez urdía todo tipo de pensamientos: “La urna era recién comprada, hacía poco le habían sacado la etiqueta con el precio. Mi calle es transitada, ¿cómo nadie la vio? Es porque la habían dejado justo antes de que saliera, una señal de que saben mis movimientos. Y la persona que estaba cerca se quedó a controlar que viera el ataúd”, considera. La caja rectangular tenía marcas de huellas digitales, aunque se desconoce el resultado que dio la pericia. Daniel prefiere ni averiguarlo.

inflexion

Aquella advertencia fue el último punto de inflexión en su vida. Otro evento que lo marcó fue el crimen del traumatólogo Francisco Guerrero, asesinado a tiros en abril de 2015 en un robo callejero. El episodio de inseguridad marcó un antes y un después en la actividad del barrio. Domínguez sobresalió entre la gente que se indignó y salió a la calle a protestar. Los primeros reclamos en 66 y 116 estuvieron acompañados por unas 200 personas. En el primer tramo, la movilización se mantuvo y aumentó gradualmente, hasta que se logró una convocatoria de 400 personas en su punto máximo. Había acompañamiento en las redes y las autoridades tuvieron que tomar nota. Cada una de esas veces se recordó la misma ecuación: el tráfico trae aparejadas distintas variantes de delincuencia.

Aquella manifestación espontánea devino en asamblea permanente. Ellos mantuvieron la constancia, pero las asistencias fueron decayendo. “Todo decantó a medida que se alumbró la avenida 66, se hicieron podas o pusieron policías caminantes. A lo último éramos 20. Pero veo que lo que cambió desde que mataron a Francisco fue poco, y que la mayoría del barrio sigue igual”, evalúa el ex dirigente.

Por impulso de esa organización, se juntaron 13 mil firmas de vecinos para reclamar mejoras pero también para que se “erradique” la venta de drogas en la zona roja. “Las mejoras que tuvimos fueron trabajos municipales y operativos de la policía. En cuanto a la Comuna, planean aprobar lo que pedimos, pero en un plazo de 12 meses, no en lo mediato. Por lo menos vemos la intención de llamar y convocar a los vecinos. Y en cuanto a la policía, la mayor intensidad de trabajo la tuvimos hace dos semanas, con tres operativos en pocos días, que fueron un éxito”, elogia Domínguez, que tuvo como última intervención destacada una audiencia con los jefes de Asuntos Internos policiales.

El mecanismo que se implementó en El Mondongo para batallar contra la venta de cocaína al menudeo era el siguiente: la gente dejaba denuncias anónimas que se remitían a la Justicia, esos datos se investigaban y al final la Policía -con sus distintas dependencias- hacía los allanamientos. Las urnas instaladas en la calle funcionaron como buzones donde cualquiera podía identificar dónde y cómo se ofrece la droga. Fueron sacadas y vandalizadas más de una vez, pero igualmente sirvieron como un canal eficaz de denuncia.

A mediados de agosto hubo, a decir del retirado líder barrial, un pico alto en el trabajo policial. Personal de la comisaría Novena desbarató a la banda de “Estrella”, una travesti presuntamente involucrada en el negocio narco. Seis personas quedaron presas, con la evidencia de 400 dosis de esa droga, armas y plata. Pocos días después aparecía el mini-ataúd en la casa de Domínguez.

Desde entonces, se cuida de con quién habla y a quién ve. Bajó completamente el perfil y apunta a la discreción total. Hasta elige un lugar público para la entrevista con este medio.

Hubo dos puntos de quiebre que marcaron el derrotero de las denuncias vecinales. Uno fue el episodio de la urna funeraria, y el otro fue el ataque a balazos ocurrido en marzo a otra persona, miembro de la asamblea, que también había salido a hablar de cómo se manejaba el negocio ilegal. Desde entonces se llamó a un silencio absoluto. Estos dos casos “hirieron de muerte” a la movilización vecinal.

En el medio, hubo otras amenazas veladas, pero también ambiguas: seguimientos en autos sospechosos que se iban cuando llamaban al 911 más las roturas de vidrios en casas y en vehículos de aquellos que señalaban a los lugares de venta. Daniel amaneció con la fachada de su vivienda atacada hace dos meses: la confusión con un hecho vandálico, algo usual en El Mondongo, fue automática.

El mensaje mafioso del 22 de agosto no dejó demasiado a la imaginación: “Esto te lo hicieron para que te dejes de joder. Para que veas que saben tus horarios y dónde vivís. Te conviene no hacer más nada. No podemos hacer nada para cuidarte. Aflojá”, dice Domínguez que le dijeron desde sectores de la Justicia.

Ya sabe lo que están dispuestos a hacerle, y por eso tomó su decisión: “No vale la pena arriesgar a mi familia por algo en lo que no tengo con qué ganar. Hasta acá llegué”.

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